13Julio2020

DESIGUALDADES PROFUNDAS VIOLENTAN LOS DERECHOS HUMANOS

La pandemia del Covid 19 nos obliga a reflexionar sobre el impacto que traerá en las condiciones de bienestar y en la imperiosa necesidad de abordar el futuro con una clara perspectiva de derechos humanos. El virus no discrimina, sus efectos sí.

De acuerdo con la más reciente edición del informe: “Perspectivas económicas” del Banco Mundial, estamos frente a la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial; se prevé que la actividad económica de las naciones avanzadas se contraerá un 7 % este año; estima que las economías en desarrollo se reducirán un 2.5 %; la disminución en los ingresos per cápita empujará a millones de personas a la pobreza extrema.

 

La pandemia tendrá un severo impacto en el crecimiento de Latinoamérica y el Caribe. El informe especial de la CEPAL: “Desafío social en tiempos del COVID-19”, señala que en 2020 la pobreza en América Latina aumentará al menos 4.4 puntos porcentuales, lo que alcanzará a 214.7 millones de personas (34.7% de la población de la región). La pobreza extrema aumentará 2.6 puntos porcentuales y llegaría a afectar a un total de 83.4 millones de personas.

 

De las proyecciones estimadas de la pobreza y la pobreza extrema en 17 países de la región, se arriba a conclusiones preocupantes: La pobreza y la pobreza extrema aumentarán en todos los países; los mayores aumentos de la pobreza extrema se darían en México, Nicaragua y Ecuador.

 

La reducción de las brechas existentes es uno de los desafíos más grandes, no sólo en México, sino en el mundo entero. Enfrentamos globalmente una crisis de severas desigualdades. El último informe de OXFAM ofrece estadísticas contundentes sobre las brechas de desigualdad: en 2019, los 2,153 multimillonarios poseían más riqueza que 4,600 millones de personas; el 1% más rico de la población concentraría más del doble de riqueza que 6,900 millones de personas.

 

Sin duda alguna, las desigualdades económicas prevalecientes y el aumento de la pobreza y la pobreza extrema comprometen gravemente la viabilidad de alcanzar, en lo específico, el cumplimiento del Objetivo Uno de la Agenda 2030: “Fin de la pobreza” y, en lo general, de lograr todos sus objetivos.

 

Este contexto desolador, nos obliga a reorientar las políticas de intervención en el mundo. No es posible abordar la reducción de las brechas de desigualdad social sin la perspectiva de los derechos humanos: las profundas desigualdades son una vulneración de la dignidad humana y, en consecuencia, de todos los derechos inalienables a la persona humana.

 

El pleno goce de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales debe integrar la agenda pública; las personas y su dignidad son su centro.

 

Estamos llamados a construir nuevos gobiernos y nuevas sociedades, asentadas fundamentalmente en un marco ético del ejercicio de la política y la ciudadanía.

 

Debemos consolidar la práctica de la solidaridad y la subsidiariedad, no como valores en momentos de emergencia, como la actual pandemia del Covid 19, sino como un estilo de vida permanente, que genere la existencia de comunidades más igualitarias, con índices de desarrollo humano más elevados y habitadas por personas más humanas.

 

Ojalá aprendamos la lección de humildad a la que nos obligó un patógeno casi invisible que, en cuestión de días, por sobre muros o aduanas, puso de rodillas al planeta.

 

Ojalá en la memoria colectiva mundial quede registro que la pandemia del Covid 19 fue la ocasión para la revaloración de la importancia de la justicia social, que hizo posible que se fabricara una vacuna eficaz contra el coronavirus; una vacuna de empleo gratuito para la humanidad entera, porque quienes la elaboraron, en vez de buscar una ganancia supieron entender el signo de los tiempos nuevos.